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2.5.11

Distrito Federal, 2012 (II)*

Hace una semana señalábamos en este mismo espacio la desventura que desde hace 14 años hemos vivido millones de capitalinos. Cuando en 1997 la titularidad del gobierno local del Distrito Federal dejó de recaer en un funcionario designado por el Presidente de la República y la sociedad tuvo la oportunidad de elegir democráticamente al Jefe de Gobierno, comenzó una inercia de la que los habitantes de la Ciudad no hemos logrado salir. Desde entonces han pasado cinco Jefes de Gobierno y con ellos la esperanza de una mejor calidad de vida.

Evidentemente, la mala situación por la que atraviesa la Ciudad de México no puede ser atribuida por completo a los Jefes de Gobierno. Un papel importante en el deterioro de la calidad de vida es responsabilidad de los Jefes Delegacionales y otro tanto de las autoridades federales. Sin embargo, es claro que la responsabilidad en la falta de políticas públicas en materia de seguridad, vialidad, protección civil, mercados, agua, entre otros, indiscutiblemente corresponde al Jefe de Gobierno. Para comprobar la veracidad de nuestros dichos sólo se requiere observar un día en la vida de cualquier capitalino.

José sale de su vivienda en el norte de la Ciudad a las 5 de la mañana, pues sus actividades como empleado de la construcción en un edificio al sur de la capital, inician tres horas más tarde. Ciento ochenta minutos de recorrido en transporte público poco eficiente, pasando del microbús al Metro, del Metro al camión y nuevamente de éste al microbús. Durante el largo y lento trayecto, José se convierte en mudo testigo de un robo, cuando en el vagón del Metro en el que viaja alcanza a ver una mano anónima que se introduce en la mochila de una adolescente que, adormilada, no se da cuenta que su celular ya no le pertenece. Impunemente, en la siguiente estación el delincuente enfila hacia otro vagón.

Pero el día apenas comienza, y si para llegar al centro de trabajo se requieren tres horas, para regresar a casa la travesía no es menor. Después de una larga jornada, lo único que José quiere es regresar a casa con María, su esposa. Ya en el microbús, las gotas de lluvia comienzan a golpear el pavimento. Poco a poco, los que parecían charcos se hacen más grandes y profundos. La lluvia anega las calles y el tránsito se hace más lento. José llegará más tarde de lo normal.

Mientras José viaja en el Metro y sólo piensa en el momento de poner su cabeza en la almohada, María intenta mover los pocos muebles que hay en un cuarto que lo mismo sirve de sala que de comedor o habitación. La falta de cuidado y previsión de las autoridades provocaron que, como muchos otros, María y José construyeran una muy humilde vivienda en la parte baja de una cañada. El agua, que poco a poco se filtra por las paredes, puertas y ventanas, comienza a subir hasta dañar una  pequeña televisión, las tres viejas sillas que flanquean una mesa y el sillón donde María y José suelen platicar.

Cada día es más común que en el Distrito Federal se vivan historias similares a la de María y José. En la Ciudad ya no es extraño realizar trayectos de más de dos horas entre la casa y el trabajo. A ningún capitalino le sorprende presenciar un delito o enterarse de que algún amigo o familiar lo sufrió. El agua se ha convertido en el elemento con el que se funden las esperanzas de una mejor calidad de vida para quienes habitamos en la Ciudad de México.

Y mientras todo esto pasa, nuestros gobernantes se las ingenian para seguir hablando de lo mucho que trabajan por nosotros. En nuestra siguiente entrega presentaremos datos duros que dan cuenta de la realidad que padecemos quienes vivimos en la tierra que alguna vez fue un gran imperio. Con las cifras y los datos nos daremos cuenta que hoy menos que nunca, aquellos que fuimos bautizados como chilangos estamos dispuestos a seguir confiando en quienes han traicionado su palabra.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 2 de mayo de 2011.

25.4.11

Distrito Federal, 2012*

En días recientes, los capitalinos fuimos testigos de la fuerza de la naturaleza y lo implacable que puede ser una tormenta. Como pocas veces, en tan sólo unas horas cayó una asombrosa cantidad de agua. De acuerdo con las autoridades capitalinas, el sábado 16 de abril la Ciudad de México registró una precipitación promedio de 64 milímetros, situación considerada atípica no sólo por la cantidad de lluvia, sino también por la fecha en que se presentó. La lluvia, además de los daños materiales a la infraestructura urbana y a miles de viviendas y automóviles, trajo con sí una revelación: los gobiernos de la capital han hecho muy poco para resolver los problemas que afectan a los habitantes del Distrito Federal.

Y frente a esta realidad que muestra no sólo la ineficiencia, sino también la falta de voluntad e interés de nuestros gobernantes, vale la pena comenzar a preguntarnos qué es lo que está pasando y cuál el rumbo que debemos tomar los ciudadanos. El próximo año, además de las elecciones federales donde se elegirán Presidente de la República, diputados federales y senadores, en el Distrito Federal votaremos por un Jefe de Gobierno, 16 Jefes Delegacionales y 66 diputados locales. Bien haríamos los ciudadanos en iniciar una reflexión seria y responsable que nos permita dilucidar si lo que han hechos los últimos gobernantes es lo que deseamos para nuestra Ciudad o si más bien requerimos un viraje hacia otras opciones políticas que planteen propuestas novedosas para resolver nuestros añejos problemas.

Desde 1997, cuando desapareció la figura de Jefe del Departamento del Distrito Federal y por primera ocasión los ciudadanos sufragaron para elegir a su gobernante, el Partido de la Revolución Democrática ha gobernado la Ciudad de México. En tres distintas ocasiones, sus candidatos – Cuauhtémoc Cárdenas  Solórzano, Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard Casaubon – han resultado triunfadores. Pero también otros dos perredistas, Rosario Robles Berlanga y Alejandro Encinas Rodríguez, han gobernado esta Ciudad como Jefes de Gobierno sustitutos. En 14 años de democracia electoral en el Distrito Federal, los capitalinos hemos contado con cinco distintos gobernantes, y probablemente en los próximos meses se sume el sexto.

A partir del argumento anterior, vale la pena plantear varias preguntas. A quienes nos han gobernado, podríamos preguntarles: ¿En verdad les interesa resolver los principales problemas de la Ciudad? ¿Han buscado la Jefatura de Gobierno para servir a los capitalinos o para tener una de las mejores plataformas electorales en sus aspiraciones de más poder? Pero nosotros mismos también tendríamos que cuestionarnos al respecto. ¿Queremos que a partir de 2012 el Distrito Federal sea gobernado por alguien que no se involucre en nuestras necesidades y aspiraciones como sociedad? ¿Perpetuaremos a quienes han incumplido sus promesas y que sólo buscan el cargo para desde ahí despegar a posiciones de mayor responsabilidad?

Más allá de los daños provocados en el Viaducto o de aquellos sufridos en el patrimonio de miles de capitalinos, las lluvias de los últimos días han provocado entre la sociedad la necesidad de iniciar un debate sobre aquello que como ciudadanos queremos para los próximos años. A lo largo de las siguientes colaboraciones habremos de plantear los hechos tangibles que nos permiten afirmar que, hasta el momento, los habitantes del Distrito Federal no hemos contado con gobernantes que estén a la altura de nuestros problemas y necesidades. Más allá de filias o fobias por las personas o sus partidos, desde Cárdenas hasta Ebrard, quienes han recibido el voto, pero sobre todo la confianza de los ciudadanos, nos han quedado a deber. Es tiempo de evaluarlos. Es tiempo de reflexionar a partir de la realidad. Es tiempo de pensar en el Distrito Federal en 2012.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 25 de abril de 2011.