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15.5.11

Entrevista al filósofo y politólogo argentino Ernesto Laclau sobre el populismo en América Latina

Ernesto Laclau, uno de los más grandes autores del populismo latinoamericano, disecciona el discurso político en América Latina. De verdadera importancia los comentarios de Laclau en cuanto a la actualidad política de los países del sur del continente y al destino que podrían tener.

12.5.11

Discurso de Luis Donaldo Colosio Murrieta en el LXV Aniversario del PRI

Discurso pronunciado por Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato del PRI a la Presidencia de la República en 1994, en el LXV Aniversario del PRI. A 17 años de distancia, duele que el México de hoy siga siendo el mismo que Colosio veía en 1994, o acaso un poco más desalentador.





6.5.11

Discurso de José Narro Robles ante la Cámara de Diputados en el homenaje a la Universidad Nacional Autónoma de México en su centenario

Discurso prounciado por José Narro Robles, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, ante el Congreso de la Unión en el marco de la Sesión Solemne por el centenario de ésta institución. Resulta destacable la coincidencia que en sus palabras encuentra no sólo la sociedad mexicana, sino la clase política nacional. Falta saber si los aplausos significan la intención de caminar por el rumbo que los mexicanos queremos andar o si más bien se trata simplemente de apoyar lo "políticamente correcto".

29.4.11

Guido Girardi discute sobre los partidos políticos y su relación con los movimientos ciudadanos

Participación en el Congreso Progresista de 2010 de Guido Girardi Lavín, Senador por el Partido por la Democracia (PPD) y Presidente del Senado de Chile, con el tema "Partidos políticos y su relación con los movimientos ciudadanos". Resulta importante escuchar la historia de uno de los principales actores políticos de una sociedad para la que la democracia resulta un componente novedoso en su sistema político. 



23.4.11

No les importa el país*

Soy uno de esos a los que no les gusta hablar de aquello que no sabe. Estoy convencido que hacerlo significa caer en una de las más profundas deshonestidades. En este sentido, confieso que mi formación no me permite entender muchas de las cuestiones económicas que suceden en el país. Me resulta imposible explicar la evolución de las variables macroeconómicas que señalan que somos una de las primeras economías del mundo, o los principales indicadores que permiten afirmar que el rumbo del país es el indicado. Pero hasta quien no entiende de economía sabe que cuando el desempleo entre jóvenes de 15 a 29 años pasó del 0.9 por ciento en 2000 al 3.3 por ciento en 2010, algo está mal. 

De acuerdo con cifras del Censo de Población y Vivienda 2010, el desempleo entre la juventud se ha triplicado sin que se perciba al gobierno asumiendo su responsabilidad y actuando en consecuencia. Al parecer, los últimos secretarios de Economía se han dedicado a cualquier cosa, menos a hacer su trabajo. Bruno Ferrari ha encontrado más satisfacción en jugar con su BlackBerry y mandar mensajes de texto, que en pensar e implementar políticas públicas que fomenten la creación de empleos y el apoyo a negocios, empresas e industrias.

Pero no todo es culpa de Ferrari. Pareciera que nuestros gobernantes no se han dado cuenta de lo importante que resulta generar programas de gobierno, pero sobre todo políticas públicas, que permitan a las personas desarrollar todo su potencial. No logran percibir que los problemas de México no se resolverán con ocurrencias e improvisaciones. Gobernar, lo hemos señalado muchas veces, es una tarea que requiere de muchas cualidades de las que, al parecer, la gran mayoría de ellos carece.

Y así, tenemos un secretario de Educación que quisiera delegar su responsabilidad en la televisión, pero que se asume como un paradigma en la construcción de los nuevos valores de la sociedad mexicana. O un secretario del Trabajo que afirma que el es “el mero mero gallo del PAN” en la candidatura a la Presidencia de la República, pero que no hace nada para mejorar las condiciones de millones de trabajadores que realizan sus labores sin capacitación, seguridad o siquiera higiene. Y ni que decir del secretario de Salud, quien dedica más tiempo y esfuerzo en construir su candidatura al gobierno de Guanajuato que en lograr la accesibilidad y la calidad en los servicios de salud.

Pero ya vienen el 2012 y de su mano las elecciones. Falta poco para escucharlos decir que, aunque no pudieron cumplir ni siquiera mínimamente como funcionarios de primer nivel, ahora que el pueblo les favorezca con su voto, harán lo necesario para sacarnos del atolladero en ellos nos metieron. Incluso, se atreverán a criticar, de forma velada, la política económica, social y de seguridad del actual gobierno y hablarán de la deuda que se tiene con los jóvenes, las mujeres, los campesinos y los trabajadores. En realidad, nada de esto les importa. Consistentemente han demostrado que lo suyo no es el gobierno o el servicio público, sino el poder y los reflectores.

Me pregunto qué tanto les preocupa a Alonso Lujambio, Javier Lozano o José Ángel Córdova, el que hoy existan 2.4 por ciento más jóvenes desempleados que tan sólo hace diez años. Me pregunto si se dan cuenta que esa juventud en el desempleo ya no cree en sus promesas y prefiere emigrar del país, incorporarse a la informalidad o incluso a la delincuencia. Me pregunto si alguno de ellos se ha dado cuenta del daño que le han hecho al país al descuidar, en la búsqueda de nuevas y más altas posiciones, áreas prioritarias para el desarrollo de cualquier sociedad.

En el 2012, los jóvenes no habremos de dejarnos seducir por el canto de las sirenas. No daremos tregua a los mentirosos. No permitiremos que triunfen a quienes no les importamos, a quienes no les importa el país.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 18 de abril de 2011.

Un gobierno de fracasos*

Gobernar no es cosa fácil. Se trata de una tarea harto compleja que requiere de conocimiento sobre prácticamente cualquier tema que competa a la sociedad, pero que además no sólo depende de quiénes detentan el poder, sino también de aquellos que, desde la oposición, disienten de muchas de las acciones que se realizan desde las estructuras formales del Estado. La de gobernar es, pues, una actividad que demanda de conocimiento, experiencia, capacidad de diálogo y convencimiento, sensibilidad, entre muchas otras cualidades.

Por ello, resulta cuando menos paradójico que quienes hoy nos gobiernan carezcan de las más elementales virtudes con las que cualquier hombre de Estado tiene que contar. Si analizamos a quienes todos los días toman decisiones que afectan a la sociedad entera, nos daremos cuenta que es imposible afirmar que se trata de un conjunto de hombres y mujeres con conocimiento técnico de sus áreas, experiencia en el ejercicio público, apertura para escuchar, capacidad para conciliar y humildad para entender el dolor ajeno. No dudo que existan funcionarios ejemplares que no sólo cumplen con su tarea, sino que incluso lo hacen de manera excepcional. Sin embargo, encontrarlos es más difícil que hallar una aguja en un pajar.

Los ejemplos sobran. Una de las principales características del actual gobierno ha sido la de colocar en puestos estratégicos a personas cuyo único mérito consiste en una relación de amistad con el titular del Ejecutivo. El amiguismo como estrategia para llenar las principales carteras de la administración pública. Ahí está, por ejemplo el caso de Juan Molinar, otrora Secretario de Comunicaciones y Transportes y hoy funcionario del PAN. Molinar es un experto en Ciencia Política, en elecciones y en partidos políticos, pero en materia de telecomunicaciones dudo que tuviera más experiencia que la que tiene un astrónomo sobre literatura inglesa.

O el caso de Javier Lozano, Secretario del Trabajo, quien además de la música, tiene como pasatiempo responder y enfrentar por Twitter a los actores de partidos políticos distintos al suyo. Lozano Alarcón no pierde oportunidad de hacer las funciones de un vocero, al responder a los cuestionamientos y críticas de priístas y perredista, igual en materia de seguridad pública que de combate a la pobreza. Difícil imaginar que con estas actitudes de confrontación y altanería se consiga construir los acuerdos tan necesarios para el país.

Y si hablamos de sensibilidad social, imposible no mencionar las declaraciones del Secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, cuando afirmó lo mucho que una familia puede hacer con seis mil pesos mensuales. Pareciera que su paso por la Sedesol no bastó para mostrarle la realidad lacerante de millones de mexicanos que se debaten entre el hambre y la muerte.

Pero para mí, el lugar de honor corresponde al Secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio. Hasta hace unos años, este personaje se ostentaba como el más puro de los ciudadanos. Afirmaba no tener ninguna preferencia partidista, lo que contribuyó a que fuera lo mismo consejero electoral del IFE que presidente del IFAI, dos instituciones públicas donde la objetividad y el apartidismo no sólo son requisitos para ocupar cargos, sino incluso parte de su esencia misma. Hoy, con menos de dos años de militancia, Lujambio se muestra como uno de los más “distinguidos” panistas e incluso sueña con la Presidencia de la República. ¡Y todavía se atreve a hablar de ética y valores! Bendito cinismo.

Y luego se preguntan las causas de sus fracasos. No se dan cuenta que ellos mismos han provocado sus derrotas presentes y las que vienen. Lo malo de todo esto es que, mientras ellos pierden rumbo a las próximas elecciones, nosotros, los ciudadanos de a pie, vamos perdiendo la vida.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 11 de abril de 2011.

Honrar la vida*

Siempre he creído que son nuestras acciones y nuestros valores los que nos distinguen de los demás. Son nuestros hechos, pero también lo que está detrás de ellos, lo que nos hace diferente al resto. Hace tiempo escuchaba una canción de una gran compositora argentina, Eladia Blázquez, que habla de aquellas cosas que realmente importan para no simplemente vivir y pasar de largo, sino para, en toda la extensión de la palabra, honrar la vida. “Honrar la vida” es un tango inmortalizado por Mercedes Sosa, otra argentina excepcional. Sin embargo, no fue en la voz de La Negra Sosa que conocí esta composición, sino en la de una mujer a la que admiro, respeto y quiero entrañablemente: Beatriz Paredes.

Hoy inicia la última semana de Beatriz Paredes como Presidenta del Partido Revolucionario Institucional, y con el fin de su gestión quedará en la historia política de México un ejemplo de congruencia política y compromiso social como pocos han existido. Beatriz, tlaxcalteca de vistosos huipiles, mirada profunda y voz enérgica, se despide de una de las tribunas desde donde sus palabras han alcanzado mayor resonancia. Beatriz, la preocupada por los pobres, las mujeres y los jóvenes, termina el encargo más político que hasta ahora ha tenido, dejando un hueco en momentos en los que la claridad y la sensatez no son las principales cualidades de la mayoría de nuestros políticos.

No es el cariño tan grande que siento por ella el que me hace afirmar que no encuentro en el panorama político a otra mujer cuya trayectoria haya servido para honrar el verdadero sentido de la vida. Muchos son los hombres públicos que pasan de largo. Sólo algunos quedan en nuestra memoria. Pero son pocas, contadísimas, aquellas personas que logran trascender por haber vivido con la suficiente dignidad y libertad de espíritu para combatir las injusticias, ignorar las frivolidades y combatir la ceguera del individualismo. Beatriz, tan llena de libertad, tan vasta de dignidad, es una de ellas.

Quizá lo que hace a Beatriz tan especial y tan distinta al resto de los políticos tiene que ver precisamente con lo que da título a esta colaboración. Beatriz, como pocos, entiende de música, se apasiona por la literatura, inventa poesías, admira el arte. Beatriz, a diferencia de muchos, es una política que sabe entender la pasión y el sentimiento que encierran las muestras culturales. Y es la relación con el arte y la cultura la que hace que un hombre se ponga en contacto con lo más hondo de sus emociones y logre entender el verdadero sentido de su existencia. No tengo duda. Beatriz es una política que entiende el dolor de la pobreza, la injusticia, el hambre y la ignorancia, porque se mantiene tan humana como el más profundo de los artistas.

Más allá de los logros y fracasos como presidenta del Partido Revolucionario Institucional, Beatriz es mucho más que un cargo efímero. Su voz se convirtió en un canto armonioso en un concierto en el que lo que prevalece son las descalificaciones, las mentiras y las estridencias de quienes buscan el poder sin saber para qué lo quieren. La conozco, y sé que el descanso de los reflectores y las responsabilidades de fundamental importancia durará lo que un suspiro. No es mujer que pueda quedarse quieta. No es de aquellas que dejan que la vida les pase por enfrente sin tomar la ocasión de cambiar la realidad. Bienvenida, Beatriz, a una nueva trinchera desde la que seguirás en lo que nunca has dejado de estar: honrar la vida.

Merecer la vida no es callar ni consentir tantas injusticias repetidas. Es una virtud, es dignidad y es la actitud de identidad más definida. Merecer la vida es erguirse vertical, más allá del mal, de las caídas. Es igual que darle a la verdad y a nuestra propia libertad la bienvenida. Eso de durar y transcurrir no nos da el derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 28 de febrero de 2011.

Las mujeres mexiquenses*

Desde hace algunos días las mexiquenses pueden empezar a sonreír, pues la suerte les ha cambiado. Ha comenzado una nueva etapa en la que su papel como bastión de la sociedad será reconocido y su dignidad como seres humanos defendida. En el Congreso del Estado de México fue aprobada una reforma a distintas disposiciones legales que castigarán con penas más severas a aquellos que pretendan sobajar a las mujeres. Así, y como ninguno otro en el país, el gobierno del Enrique Peña Nieto se convierte en pionero en la defensa de uno de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Con la intención de buscar una mayor equidad entre hombres y mujeres, la legislación reformada pretende castigar a aquellos que ejerzan la violencia de género o, peor aún, aquella que se presenta al interior del hogar. De igual manera, con las modificaciones legales se da fin a un evento tan criminal como el crimen mismo: la reparación de la violación a través del matrimonio. Finalmente, es de destacar que con la iniciativa aprobada se consigue fortalecer a la familia, al otorgar a los servidores públicos mexiquenses licencias de paternidad y derecho a cuidados paternos, lo que supone una mayor participación de los hombres en las tareas del hogar y el fortalecimiento de la mujer no sólo como madre o como esposa, sino como ser humano y sostén de la familia.

Ernesto Nemer Álvarez, promotor de esta iniciativa y el principal mencionado como probable sucesor del gobernador Peña Nieto, ha vuelto a demostrar el gran sentido social que lo ha caracterizado a lo largo de su carrera política. Más allá de pugnas electoreras en las que algunos actores políticos han caído, Nemer Álvarez adquiere un compromiso con uno de los sectores más vulnerables no sólo del Estado de México, sino de todo el país: las mujeres. Con su iniciativa y el trabajo realizado en beneficio de las mexiquenses, son todos los habitantes del Estado de México quienes se ven beneficiados.

Pero la labor del Presidente de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado de México no termina con la sensibilidad reflejada en norma jurídica. Es de destacar, en lo político, la habilidad de quien dirige a la bancada priísta para convencer con argumentos a los legisladores de oposición. La reforma a los Códigos Penal, Civil y de Procedimientos Penales, así como a la Ley de Trabajo de los Servidores Públicos del Estado y los municipios, fue aprobada por unanimidad. Todas las voces representadas en el Congreso local se sumaron al grito de justicia que Ernesto Nemer alzó en nombre de millones de mujeres mexiquenses.

Sensibilidad social, capacidad política, experiencia profesional, articulación de acuerdos, son algunas de las virtudes que todo pueblo desea ver en sus dirigentes. Hoy los mexicanos sabemos que ni la improvisación ni la imposición son la vía para obtener un desarrollo personal y social como el que tanto requerimos. Estoy seguro que los habitantes del Estado de México, y particularmente las mexiquenses, habrán de encontrar en Ernesto Nemer Álvarez aquellas virtudes que todo gobernante debe tener.

Por supuesto que aún falta mucho por hacer. Son muchos los retos que, durante los próximos años, habremos de enfrentar todos los mexicanos. No obstante, muestras como la dada en el Estado de México deben motivarnos a saber que hay quienes sí conocen la ruta y el destino.

Sin lugar a dudas, las mujeres, además de los jóvenes, son uno de los sectores sociales a favor de los cuales menos se trabaja. Unos y otros hemos sido utilizados como bandera política y vistos como botín electoral, pero pocas veces como beneficiarios de acciones concretas. Por eso, desde aquí y a nombre de las mujeres que me rodean y que han marcado mi vida, ¡gracias, Ernesto, pues tu iniciativa es ejemplo de lo que nuestra sociedad requiere!

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 21 de febrero de 2011.

Son unos cínicos*

Uno tras otro van dejando la estela que marca el camino que han andado en su lucha por el poder. Los hechos nos han mostrado quiénes son en realidad y no sólo lo que buscan, sino lo que están dispuestos a hacer para conseguirlo. Para ellos la política no es un mecanismo - quizá el más noble de todos - para conseguir el mayor desarrollo de la sociedad. En realidad ellos creen, están convencidos, que la política es el mejor medio para satisfacer sus ambiciones personales y obtener posiciones privilegiadas que les den el foro necesario para seguir escalando en una carrera individual alejada de los intereses comunes a todos.

Los políticos, la mayoría de ellos, se han convertido en unos cínicos. Los cínicos actúan con la sola lógica de alcanzar un cargo para, a partir de él, buscar uno de mayor responsabilidad. A manera de ejemplo podemos ver lo que sucede en el Distrito Federal. Los electores hemos votado tres veces para elegir a nuestro gobernante y tres veces habremos de quedarnos sin aquél a quien la mayoría eligió porque este puesto resulta una pista “natural” para despegar como candidato presidencial. Queda claro que cuando se postulan a este cargo lo hacen pensando en que, por el sólo hecho de alcanzarlo, habrán de convertirse en aspirantes obligados a la Presidencia de la República.

Y no importa si para lograr sus metas aprovechan todo aquello que les otorga la posición como funcionarios, como son recursos económicos, logística, medios de comunicación o incluso programas de gobierno. En su cinismo son capaces de aducir que las actividades políticas ajenas a su responsabilidad pública las realizan fuera de horarios de trabajo y con recursos propios.  

Me pregunto si un funcionario público del más alto nivel tiene horario de labores. Por supuesto que no. No podría entender que un gobernador o un secretario de Estado sólo tenga responsabilidad de lunes a viernes de nueve a seis. Me pregunto si cuando viajan a alguna entidad federativa donde habrán de celebrarse elecciones lo hacen en vuelos comerciales pagados por sus recursos personales. Por supuesto que no. Los viajes se realizan en aviones oficiales o, peor aún, en aeronaves facilitadas por personajes que evidentemente no lo hacen sin intereses concretos y un tanto perversos.

O el caso de uno de los más populares secretarios del gabinete presidencial, quien con el apoyo de su jefe, así como de otros servidores públicos, se promueve como candidato al gobierno de su estado natal. No importa que el secretario de Salud ya haya sido reconvenido por el Instituto Electoral de Guanajuato por actos anticipados de campaña, pues él dice que como ciudadano tiene el derecho de asociarse con fines políticos. ¡Por supuesto que está en todo su derecho! Pero por favor, que no lo haga con recursos públicos y fuera de lo que marca la ley. Y si lo hace, que no sea cínico y asuma las consecuencias de su actuación.

Pero si todo lo anterior es incorrecto, lo peor es el cinismo que muestran cuando defienden su comportamiento y atacan el de otros. La vieja artimaña del ladrón que grita “¡agarren al ladrón!” para confundir a la gente y salirse con la suya. De ese tamaño son aquellos cuya responsabilidad es servir a la gente. Así de miserables y ramplones son los cínicos de la nueva política.

¿Sabrán el daño que con sus actitudes le provocan a la sociedad y el desprestigio que han causado a una actividad que tendría que ser la más noble como es la de la política? Estoy seguro que no. Y lo afirmo porque la vocación de servicio cada día es más escasa. Los políticos, los verdaderos hombres preocupados por contribuir al desarrollo de sus pueblos, cada día son más escasos. Los políticos, los verdaderos hombres de Estado con visión clara y rumbo definido, están en peligro de extinción. Los políticos, los verdaderos y reales políticos, fueron sustituidos por los cínicos.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 14 de febrero de 2011.

Levantando el polvo*

Hace unos días, circulando por Avenida Cuauhtémoc, una de las muchas vialidades de la Ciudad de México que se encuentran en obra, tuve la oportunidad de vivir una experiencia similar, por reveladora, a una epifanía. A mitad de una de las principales avenidas de la capital del país, un empleado de la construcción barría el polvo del cemento con el que se construyeron los carriles confinados sobre los que circulará la nueva línea del Metrobus. Lo hacía con una escoba y sin el recogedor. Barría, solamente, para levantar el polvo que unos segundos más tarde caía en el mismo lugar del que había despegado.

Más allá de lo chusco de la anécdota, resulta curiosa la similitud entre el comportamiento de este trabajador y la actitud que muchos políticos y servidores públicos han adoptado para gobernar y administrar el país. Se actúa, si se me permite la expresión, barriendo no para limpiar, sino para levantar el polvo al que después no saben que hacer o dónde poner. Se hacen muchas cosas sin saber para qué las hacemos, qué es lo que buscamos o a dónde queremos llegar. Pensemos en algunos de los temas que han ocupado los principales espacios en los medios de comunicación, pero también en la opinión pública de cualquier charla de café.

La extinción de Luz y Fuerza del Centro para volver más eficiente un servicio prioritario como es el de electricidad. La expedición de una cédula de identidad para menores de edad y en unos años para el resto de los mexicanos. La eliminación de la llamada “comida chatarra” de los centros educativos para combatir la obesidad infantil. La prohibición de fumar en lugares públicos cerrados para contribuir a la prevención de enfermedades. El establecimiento de 30 minutos diarios de actividad física para disminuir los altos niveles de diabetes que anualmente provoca millones de muertes. La obligatoriedad de registrar los números celulares y los datos de su usuario para evitar el uso de estos aparatos de comunicación como instrumentos principales de delitos como el secuestro o la extorsión. Tantos y tantos proyectos para hacer de nuestro gobierno uno más eficiente que verdaderamente sirva a la sociedad. Tantas y tantas mentiras con las que se llenan la boca.

El servicio de electricidad que hoy se presta en el centro del país no es ostensiblemente mejor que aquél con el que contábamos tan sólo hace dos años. Además, se ha provocado un conflicto social alrededor del Sindicato Mexicano de Electricistas para el que no se avizora una solución próxima. La obesidad infantil continuará siendo un problema mientras no se reconozca que se trata de una situación cultural, pero también de la falta de tiempo y de recursos para millones de madres de familia que no pueden dar una mejor alimentación a sus hijos. Se castiga al fumador, pero la industria tabacalera continúa considerando a México como uno de los países donde su negocio es más redituable. El celular sigue siendo utilizado como mecanismo para secuestrar y extorsionar, pues la piratería y el contrabando han importado “chips” que se vuelven irrastreables para la autoridad.

Y entre tanto polvo que pulula entre nuestra sociedad, los políticos y los funcionarios continúan barriendo para levantar el polvo. Mientras nosotros nos perdemos en la discusión de lo inmediato y coyuntural, ellos elaboran planes desconociendo el diagnóstico y sin saber el destino al que se quiere llegar, desarrollan políticas públicas imposibles de aplicar o simplemente no tienen idea de cómo llevar a la realidad aquello que plasmaron en papel.

Mientras el mundo avanza y la mayoría de los países conocen la ruta que deben de seguir para dar un mayor desarrollo a sus sociedades, en México seguimos barriendo sin recogedor. Como aquél trabajador de la construcción en Avenida Cuauhtémoc, simplemente seguimos levantando el polvo.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 24 de enero de 2011.

Las pequeñas cosas de la vida*

Son estas, las pequeñas cosas de la vida, aquellas que hacen que el mundo gire. Son los detalles los que permiten recordarnos que somos seres humanos y que sentimos. Son esas acciones diminutas las que nos demuestran que somos únicos, que somos diferentes al resto de los demás. Es lo pequeño lo que, a final de cuentas, termina importando. Una palabra, una sonrisa, un gesto, una lágrima, un suspiro o una mirada. Eso, lo imperceptible, es lo que como personas valoramos y nos hace sentir especiales. Son las pequeñas cosas de la vida las que verdaderamente importan.

Cuando el año está en la etapa final de su agonía, reflexiono sobre lo que como sociedad nos ha pasado. Cuesta trabajo tener que reconocer que hoy no somos mejores que hace doce meses. No lo es el gobierno, no lo es la Iglesia, no lo son los medios de comunicación, no lo son los partidos, no lo somos la sociedad. Sin caer en el pesimismo propio de la nostalgia, hoy no somos mejores que hace un año, y en buena parte ello se debe al olvido en el que hemos dejado los pequeños detalles.

Todas las mañanas del año que termina, cuando manejaba por las calles de la ciudad, me preguntaba por qué el gobierno había decidido que era más importante construir puentes o nuevas líneas del Metro, que pintar las líneas que dividen los carriles de cualquier vialidad. La respuesta que encuentro hoy, igual que todas aquellas mañanas, es que quienes gobiernan piensan que lo importante es lo que puede presumirse como novedoso o magno. ¿Quién les aplaudiría si sólo pintaran líneas, taparan baches o compusieran semáforos? Lo pequeño, los detalles, poco importan porque no dan rédito político.

Y mientras manejaba y reflexionaba sobre el gobierno, escuchaba en la radio algún noticiario, uno distinto cada día para no encasillarme en estilos o visiones. Todos y cada uno de ellos eran distintos, pero ninguno notoriamente mejor que el resto. Cada uno de los medios, lo mismo en radio que en televisión o prensa, encontraba en el descrédito a una persona y en lo negativo de una situación la manera de subir sus niveles de audiencia o vender más publicidad. ¿Quién quiere hablar sobre noticias amables o el reconocimiento a la labor de una persona, cuando el linchamiento parece ser el mayor deseo de la audiencia? Lo pequeño, los detalles, poco importan porque no suben el rating.

Más tarde, cuando revisaba el periódico, encontraba notas sobre partidos políticos a los que más les importaba el ataque que la propuesta. Aún cuando hace tiempo habían olvidado que el poder político sirve para generar mejores condiciones de vida para la sociedad, hasta hace no mucho todavía recordaban que una de sus funciones es la de ganar elecciones y ocupar cargos públicos. Hoy ya sólo sirven para formar alianzas en las que la única coincidencia es el resentimiento hacia un adversario. ¿Quién quiere construir un proyecto que beneficie a todos, si es más rentable destruir y entonces recurrir a la rapiña política? Lo pequeño, los detalles, poco importan porque no ganan votos.

De regreso a casa por la noche, manejando en calles en las que no existen carriles y escuchando noticias sobre muerte, corrupción y desolación, voy pensando en qué nos equivocamos como sociedad que permitimos que lo pequeño ya no sea importante. Cada día vale menos lo imperceptible. Ya no son los detalles lo que hace que el mundo se mueva y que la vida camine.

Sin esa nostalgia que líneas antes negué, deseo que el próximo año volvamos a ver en lo pequeño lo que realmente importa. Una palabra, una sonrisa, un gesto, una lágrima, un suspiro o una mirada han servido para demostrar la importancia que para nosotros tiene alguien más. ¿Y si el próximo año decidiéramos que queremos volver a ver en lo pequeño lo importante? ¿Y si el próximo año nos arriesgáramos a cambiar y a ser diferentes?

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 27 de diciembre de 2010.

Un Goya mexiquense*

El pasado martes 14 de diciembre, el Congreso del Estado de México rindió un merecido reconocimiento a la Universidad Nacional Autónoma de México. En una sesión solemne, y con la presencia de distinguidos miembros de la comunidad universitaria, el nombre de la máxima institución académica, científica y cultural del país fue inscrito en el muro de honor del recinto legislativo. De esta manera, el Congreso Mexiquense se suma a otros recintos legislativos como la Cámara de Diputados, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y el Congreso del Estado de Hidalgo en cuyos muros brilla orgulloso y lleno de dignidad el nombre de la Universidad Nacional.

Más allá de lo que un acto de esta naturaleza implica, es justo recordar la importancia de la Universidad en la vida nacional, pero particularmente entre los mexiquenses. Sin lugar a dudas, el Estado de México es la entidad federativa donde la presencia e importancia social de la UNAM se refleja de mejor manera. Repartidos en un plantel del Colegio de Ciencias y Humanidades y en cuatro Facultades de Estudios Superiores, más de 70 mil alumnos acuden cotidianamente a prepararse para enfrentar los retos de la vida profesional. Más de 70 mil jóvenes que en el Estado de México tienen el privilegio de instruirse en la mejor universidad del país.

Pero el vínculo entre la UNAM y el Estado de México va más allá de instalaciones académicas o centros de investigación. Todos los días, miles de mexiquenses recorren un camino que los conduce a Facultades, Escuela Nacionales, Institutos o Centros, donde se forman para ser mejores mexicanos. Después de los capitalinos, los mexiquenses son el mayor grupo poblacional que nutre a la gran comunidad universitaria. En el ir y venir de miles de jóvenes del Estado de México, la Universidad se nutre de experiencias e historias que contribuyen a enriquecer el gran espejo de la realidad nacional que es esta Institución.

De esta manera, es indiscutible la importancia que tiene la Universidad Nacional entre la población del Estado de México. Pero el Estado de México también ha dado mucho a la Universidad. Resulta imposible negar el papel que han jugado grandes maestros universitarios de origen mexiquense. Gustavo Baz, Pablo González Casanova, Luis Nishizawa o Isidro Fabela, cuyo nombre fue inscrito en esta misma sesión del Congreso Mexiquense, dan cuenta de ello. La deuda, pues, es de ida y vuelta. El Estado de México le debe mucho a la Universidad Nacional Autónoma de México, pero esta institución no se entendería sin las aportaciones científicas, humanísticas, sociales, artísticas y culturales de grandes mexiquenses.

Es así que la inscripción en el muro de honor del Congreso Mexiquense del nombre de la Máxima Casa de Estudios del país se convierte en un justo reconocimiento, pero también en la renovación del compromiso con la sociedad de esta entidad. Aún cuando las condiciones sociales, económicas y culturales en el Estado de México han mejorado notablemente durante los últimos tiempos, el camino hacia el desarrollo, la equidad y el progreso es largo y sinuoso. Inequívocamente, hoy como siempre, la Universidad Nacional Autónoma de México acompañará a los mexiquenses en su recorrido.

Por estas y muchas razones más, bien vale reconocer al Congreso Mexiquense y al Gobernador Enrique Peña Nieto por impulsar un merecido homenaje a la Universidad de todos. Presentada por el Diputado Ernesto Nemer Álvarez, la iniciativa de inscripción con letras de oro del nombre de la Universidad Nacional Autónoma de México fue aprobada de forma unánime por los miembros del Congreso. A Enrique Peña Nieto, a Ernesto Nemer Álvarez y a todos los diputados de la 57 legislatura, muchas gracias. A los habitantes del Estado de México, desde lo más hondo de este corazón azul y oro, ¡Goya, mexiquenses, Goya, Universidad!

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 20 de diciembre de 2010.

La politización de la ciudadanía*

En 2004, Jorge Castañeda Gutman, primer secretario de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Vicente Fox, anunció sus intenciones para participar como candidato independiente en las elecciones presidenciales de 2006. Como es de todos conocido, sus aspiraciones fueron frenadas argumentando que para participar como candidato a un puesto de elección popular era menester hacerlo a través de un partido político. Hasta ahí el ejemplo más inmediato de las intenciones y acciones de una persona para participar como candidato sin el respaldo directo de un partido.

Desde hace varios años, diversos columnistas, académicos, comunicadores, líderes sociales e incluso políticos, han venido hablando de la “ciudadanización de la política”. Cuando hacen referencia a esta idea, pareciera que la misma implica la solución a los problemas por los que México atraviesa desde hace tiempo. Al hablar de ciudadanizar la política, entiendo que quienes recurren a esta frase lo hacen asumiendo que los partidos políticos y las instituciones del poder corrompen al ciudadano común y corriente. El hombre es bueno hasta que se vuelve candidato de un partido.

Nos hemos perdido en una hipocresía disfrazada de indignación y asombro. Los políticos no son ciudadanos. Los corruptos no son ciudadanos. Los delincuentes no son ciudadanos. No. Ellos son políticos, corruptos y delincuentes. Ellos son quienes tuercen los valores inmaculados de nuestra sociedad perfecta, y por eso necesitamos menos políticos y más ciudadanos. ¡Vengan a nosotros los ciudadanos! ¡Vengan a nuestros gobiernos los ciudadanos! ¡Vengan al poder los ciudadanos! ¡Vengan todos, que serán ellos quienes nos hagan libres!

Con un poco de honestidad y bastante cinismo, ¿no podríamos reconocer que no somos tan diferentes del diputado que falta a las sesiones? ¿No haríamos bien al aceptar que si el policía acepta dinero para voltear la cara al otro lado, es porque nosotros se lo ofrecemos después de haber violado la ley? ¿No seríamos mejores si asumiéramos que todos, absolutamente todos y no sólo nuestros gobernantes, hemos caído en la mentira y la hipocresía haciendo de estas recursos cotidianos para el pretexto y la justificación?

Estoy convencido que si el Estado Mexicano hubiese permitido la candidatura de Jorge Castañeda y éste hubiese ganado las elecciones presidenciales, hoy lo consideraríamos tan político como a Manlio Fabio Beltrones, Andrés Manuel López Obrador o César Nava. Las percepciones, reales o ficticias, de los vicios de los hombres del poder dependen de su ubicación en el poder mismo, y no de su origen partidista o apartidista. Tan político uno como los otros. Tan ciudadano unos como el otro.

Por eso estoy en contra del absurdo de la “ciudadanización de la política”. Confío, mucho más, en la conveniencia de politizar a una ciudadanía que hoy en día, como desde siempre, se encuentra ajena a lo que pasa a su alrededor. Con enorme frecuencia, los ciudadanos nos abstraemos de lo que pasa en el terreno de lo público, de aquello que afecta e impacta en los demás. No sabemos quienes nos gobiernan. No nos interesa conocer el nombre y rostro de nuestros representantes. No acudimos ni siquiera a votar.

La nuestra es una sociedad con ciudadanos que poco hacemos por participar en lo que nos compete a todos. En este sentido, ¿qué podemos esperar de quienes nos gobiernan, sin importar las siglas del partido que los hayan impulsado, si estos provienen de una sociedad que confunde poder con ambición y política con corrupción? Así, quienes entraron lo hicieron con una visión equivocada, y quienes desde fuera juzgan y critican lo hacen con el sesgo de la desinformación, el resentimiento y los prejuicios. Antes de hablar de ciudadanizar la política tendríamos que buscar una sociedad más política, una ciudadanía politizada.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 13 de diciembre de 2010.

La Revolución para ellos*

Hace cien años inició un movimiento que prometía convertirse en un parteaguas en los ámbitos político, social y económico del país. A partir de los intereses antireeleccionistas de Francisco I. Madero, pero también con la carga ideológica de grupos como el Ateneo de la Juventud o los Siete Sabios, y de personajes como los hermanos Flores Magón, Emiliano Zapata o Aquiles Serdán, los revolucionarios plantearon un cambio en la organización del país y en su rumbo. La dictadura de Porfirio Díaz, la concentración de grandes extensiones de tierra en unas cuantas manos, la pobreza extrema y la falta de justicia social, eran algunas de las condiciones que la Revolución y sus principales actores pretendían transformar.

La llegada de Madero a la Presidencia, a pesar de su trágico desenlace, así como el Congreso Constituyente de 1916, fueron momentos claves en el rumbo que siguió México en el siglo XX. En el primero caso, el derrocamiento de un sistema político con los muchos defectos y las pocas virtudes de cualquier absolutismo, permitió un cambio en la clase política que había conducido al país por más de tres décadas. En el segundo, el establecimiento de una nueva realidad basada en derechos para las clases sociales más desprotegidas y la instauración de la pequeña propiedad como base de la economía, permitieron pensar que poco a poco se construiría una sociedad más igual.

Así, con la novel democracia, y partiendo de la necesidad de equilibrar la injusta realidad de la inmensa mayoría de sus pobladores, México empezó a caminar hacia un nuevo destino. La Revolución y la Constitución de 1917 se convirtieron en la esperanza para reducir la enorme brecha de desigualdad entre millones de miserables y decenas de opulentos. Ambas fueron la ilusión de muchos quienes ahí vieron la posibilidad de iniciar una ruta hacia el progreso como sociedad y el crecimiento como individuos. Revolución y Constitución fueron el más bello sueño, la más pura aspiración, de un pueblo que hasta entonces sólo había sido dueña del hambre, la enfermedad y la ignorancia.

A unos días del fastuoso y dispendioso evento que conmemorá el inicio de la Revolución, y en el que privarán los fuegos artificiales, las luces y la música ajena a nuestra esencia mexicana, me pregunto si nuestro gobierno entiende el verdadero significado de la ocasión. Si la congruencia fuera virtud en nuestras autoridades, el momento sería también de reflexión y no sólo de fiesta. Si entre ellos existiera un poco de decencia, la ‘acción’ de su partido sería en beneficio de la sociedad, y no en movimientos políticos y cálculos electorales.

La Revolución costó millones de vidas, y fueron estas vidas las que se transformaron en derechos sociales como educación, salud, seguridad social, protección a los obreros y campesinos, entre otros. Esa Revolución, la del fuego y la sangre, es la que nuestros gobernantes tendrían que recordar. El homenaje a esas vidas no puede ser el de shows y desfiles “para ver en televisión”.

Desde el gobierno se regatea la importancia de apoyar la educación como base del crecimiento del individuo y la sociedad. ¿Pero qué podemos esperar de quien confunde el calendario escolar con el electoral, pues sólo piensa en ser presidente? Desde el gobierno se nos vende como graciosa concesión la cobertura universal en salud, como si no fuera su obligación. ¿Pero qué podemos esperar de quien sólo piensa en gobernar su estado natal antes que en la salud de los mexicanos? Desde el gobierno se utilizan los programas sociales como mecanismo para la construcción de una base electoral rumbo al 2012. ¿Pero qué podemos esperar de quien es el principal operador electoral del partido en el gobierno desde el propio gobierno?

¡Qué fácil seguir ignorando a los olvidados de siempre! ¡Qué sencillo mantener al jodido en la ignorancia, la enfermedad y la desigualdad!

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 15 de noviembre de 2010.

El "asquito" del gobernador González*

La razón de ser de un gobernante no es otra que la de atender y satisfacer las necesidades de aquellos a quienes gobierna, sin importar si uno y otros coinciden en creencias personales, religiosas, políticas o de cualquier otro tipo. Un gobernante lo es de todos, y no sólo de aquellos que éste considera cercanos o afines. Cuando el ejercicio del gobierno se desarrolla pensando en unos cuantos y no en la totalidad de la comunidad, el poder político se corrompe al máximo y degenera en situaciones facciosas sumamente peligrosas por intolerantes y autoritarias.

A lo largo de la historia, el ser humano ha variado como individuo frente a los gobiernos. De simple esclavo pasó a siervo y luego a ciudadano, adquiriendo derechos que por su sola condición humana consideramos hoy como indiscutibles. Hoy nadie cuestiona si una persona tiene derecho a expresar libremente sus opiniones o a profesar determinada creencia religiosa, siempre y cuando todo ello se haga dentro del marco de la ley. No es otra cosa que el Estado de Derecho, donde los ciudadanos convivimos libremente sin más límite que el de la ley, y el gobierno garantiza nuestros derechos, fomenta nuestro desarrollo y pugna por el bien común de todos.

Por ello, extraña que con tanta facilidad y ligereza un gobernante de la ralea de Emilio González Márquez se empeñe en gobernar únicamente para aquellos que piensan como él. Pareciera que en Jalisco, para ser ciudadano, se requiere pensar y sentir exactamente como su gobernador.

El pasado viernes, durante su participación en la Segunda Cumbre Iberoamericana de la Familia, Emilio González Márquez declaró que los matrimonios entre personas del mismo sexo le daban “asquito”. Así, “asquito”. Con toda impunidad, el gobernador de Jalisco califica como asquerosas las uniones entre personas del mismo sexo y a quienes participan en ellas. Con una falta de respeto del tamaño de su intolerancia, González Márquez cercena la dignidad de aquellos que no tienen preferencias sexuales “a la antigüita”.

Indudablemente, Emilio González tiene toda la libertad para pensar y expresar lo que quiera, así como para defender sus posturas y visiones en este y otros temas. Tan libre y ciudadano él como cualquier otro. Sin embargo, cuando una declaración falta al respeto y vulnera el derecho de otros, entonces su libertad ya no es tal. A González Márquez se le olvida que la Constitución Mexicana protege la dignidad de todos los mexicanos, todos, sin importar sus preferencias y si estas pueden provocarle “asquito”.

Pero esto no es todo. Emilio González Márquez no sólo es ciudadano, sino también gobernante. Como gobernador de Jalisco, no puede seleccionar a quienes quiere como gobernados, y ejercer el poder sólo a favor de estos. Sí, es verdad que nadie lo obliga a estar de acuerdo con la unión entre dos personas del mismo sexo, pero la ley lo constriñe a respetar a todos por igual y a gobernar sin distingos de ningún tipo.

Ojala que instituciones como el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), actué conforme a la ley y llame a cuentas a un gobernador que no se ha distinguido por su tolerancia. Hace algunos meses, el Conapred actuó en contra de dos miembros del equipo de fútbol Pumas, que al parecer discriminaron a un jugador del equipo contrario por su raza y color de piel. En aquél momento, la instancia encargada de defender las diferencias entre los mexicanos actuó sin que mediara una queja por parte del afectado. Esperemos que en este caso se actúe de manera similar.

Y esperemos, también, que el asqueado gobernador no caiga en la tentación de gobernar únicamente para los heterosexuales que piensan como él. Porque si esto pasara en un Estado de Derecho como el mexicano las autoridades tendrían que corregir la situación y actuar en consecuencia, ¿verdad?

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 11 de octubre de 2010.

¿Independencia o descentralización sectorizada?*

Después de los festejos por el Bicentenario de la Independencia, la sociedad mexicana regresa a su rutina. Sin mayor oportunidad para el análisis y la reflexión, el gobierno se limitó a generar las condiciones necesarias para un espectáculo que, según sus propias palabras, “fue diseñado para verse por televisión”. La reducción del festejo del máximo hecho histórico a un simple show televisivo. Queda claro que si el secretario no obtiene la candidatura de su partido y el triunfo electoral, puede dedicarse a organizar eventos tipo Las Vegas o el Desfile de las Rosas.

En el poco espacio para la reflexión, aquella que tiene que ver con la mirada en perspectiva de dos siglos de historia, vale la pena preguntarnos si efectivamente somos independientes o si, como aquella triste fórmula aplicada en la Administración Pública, simplemente nos descentralizamos para sectorizarnos a nuevos yugos y peores males. Conflictuado como es, un amigo a quien le tengo un cariño paternal, me planteó la siguiente pregunta: ¿realmente hoy somos independientes, o más bien decidimos liberarnos de algo para encadenarnos a otro amo con nuevas formas de esclavismo?

Durante los últimos días, el gran escritor, pero sobre todo analista de la realidad, Héctor Aguilar Camín, ha planteado que el México de hoy es mejor al de hace 200 años. Yo le creo a Don Héctor, pero también afirmo que me preocuparía si no tuviera la razón. Efectivamente, hoy México es distinto al de 1810. Es distinto y es mejor. Pero ello no quiere decir que seamos una pizca de lo que durante cruentas gestas y agitadas conspiraciones, se pretendió construir. Si hace dos siglos Hidalgo buscaba liberarnos de la tiranía y el mal gobierno, ¿quién puede hoy negar que ambos nunca fueron derrotados?

Sí, efectivamente nos liberamos de España, pero durante muchos años, acaso antes que la globalización nos metiera a todos en el mismo saco, nos encadenamos a una dependencia económica con los Estados Unidos. Nadie puede negar que, una vez estabilizado el país, el siglo XX fue la muestra clara de la dependencia económica generada hacia el norte. ¿O fue la industrialización de mediados de siglo un proyecto de nación y no la necesidad de subsistencia por falta de productos que importar de un país enfrascado en una guerra?

Sí, hoy somos menos analfabetas y más los jóvenes que acuden a la escuela, pero la miseria, la desigualdad, la injusticia, siguen siendo jinetes que cabalgan por los campos mexicanos. Tanto dolía hace doscientos años como hoy. La falta de oportunidades para jóvenes y mujeres no se resuelve mediante cifras y estadísticas, sino con acciones con ruta y destino claros.

Sí, hoy tenemos una mayor esperanza de vida, gracias a instituciones sociales que fueron creadas a lo largo del siglo XX, pero a doscientos años de la primera arenga septembrina, tuvimos que inventar un mecanismo que permitiera incorporar a todos los mexicanos a los servicios de salud, sin que a la fecha podamos hablar de una verdadera cobertura universal.

Sí, hoy tenemos instituciones democráticas que nos permiten elegir a nuestros gobernantes, pero seguimos atados a la mezquindad de algunos cuantos que pretenden dominarnos a través de falsos discursos y estrategias en las que el único fin es ganar el poder, sin saber para qué lo quieren, sin entender siquiera para qué es.

Hoy somos un mejor país que hace doscientos años, pero dudo que seamos verdaderamente independientes. Si acaso, como mi paternal amigo señala, realizamos una descentralización sectorizada de nuestra dependencia, de nuestros problemas y de nuestros males. Entre todo, me queda el consuelo del Centenario de la Universidad Nacional Autónoma de México, insigne institución de todos los mexicanos. ¡Felicidades a los universitarios y a todo el pueblo de México!

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 20 de septiembre de 2010.

¿Dónde quedó la sorpresa?*

Comienzo con una confesión acerca de esta colaboración. Faltan pocos minutos para que se cumpla el plazo de entrega de la misma y son demasiadas las cosas que vienen a mi mente. La semana cierra con acontecimientos que por sí mismos obligan a la reflexión y demandan la atención de quienes nos preciamos, si bien no de entender, sí cuando menos de creer interpretar la realidad política. Y entre la vorágine de temas que afectan e impactan al país, frente a la difícil situación de encontrar una idea que concretar en tinta y papel, sólo se me ocurre una cosa: el surrealismo en que vivimos ha alcanzado tal nivel que cualquier hecho nos parece de coyuntura.

Secuestran a un presidente municipal. Los ministros de la Suprema Corte y el Jefe de Gobierno del Distrito Federal son acusados de la más vulgar corrupción. La Iglesia Católica descalifica a las instituciones políticas del país. Un “príncipe” de la jerarquía católica llama maricones a los homosexuales. El presidente municipal ya no está secuestrado, pues lo han asesinado. Se confirma que, cuando menos por los próximos 28 meses, las calles seguirán siendo patrulladas por militares. La austeridad no existe ni entre los representantes del pueblo. La violencia continúa y ondea, como su bandera, la impunidad.

En cualquier otro momento, en cualquier otra sociedad, uno sólo de estos hechos sería motivo para el escándalo, la reflexión profunda, el miedo de la gente, las acciones del gobierno. Para nosotros no. Es el pan nuestro de cada día. Es la rutina cruel y deshumanizada en la que nos hemos metido. Es el saldo promedio de una semana cualquiera en el México de 2010. Lo que otrora constituía un escándalo y una oportunidad de mejorar, hoy es coyuntura que no permite sino voltear la mirada a otro lado como queriendo esconder la realidad en el desconocimiento o la indiferencia.

¿Dónde quedó la sorpresa? ¿Dónde escondimos la capacidad de indignación y los deseos de lucha? ¿En qué momento se pudrieron nuestras expectativas de un destino mejor? ¿Dónde diablos olvidamos los principios y valores de los que todos, jerarcas religiosos, gobernantes, grandes señores del dinero, intelectuales, ciudadanos de a pie, nos llenamos la boca?

Hay quienes señalan que el hombre es tal, en tanto no existe otro ser vivo capaz de reflexionar y transformar una situación determinada a partir de sus ideas. Parece ser que hoy ya no somos hombres sino bestias que sólo esperan a que el temporal amaine y las condiciones cambien por el paso del tiempo, por obra de la naturaleza o por simple casualidad. Hoy ya nada nos sorprende, y sin embargo no somos capaces de prever lo que tarde o temprano nos alcanzará. Hoy ya nada nos indigna, pero todo nos molesta y de todo nos sentimos agredidos. La apatía, el desinterés, la desidia, el resentimiento, todos ellos, son los nuevos cánones bajo los que nos regimos.

¿De qué puede escribir uno cuando todo amerita espacio para el diálogo callado de una columna política? ¿Qué de todo lo que nos sucede se gana el primer lugar en el concurso de lo inaudito como para reflexionar acerca de ello? Ya nada pasa en una sociedad viciada hasta el cansancio por culpa de los de afuera, de aquellos que no identificamos como parte de lo nuestro más inmediato: de los políticos, los medios, los empresarios, la delincuencia y demás categorías en las que nos ha dado por clasificarnos a nosotros mismos. Ya nada para en una sociedad viciada por ella misma.

Desde la página de un diario, hago votos para que las cosas cambien y la sorpresa vuelva a nosotros. Desde la máquina que dibuja estas letras, desde la desesperanza de un país triste, desde el más callado de los gritos, levanto la cara y enjugo el llanto de coraje e impotencia. Desde aquí, para que volvamos a la vida de la que hace tanto nos fuimos.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 23 de agosto de 2010.

México, 2110*

A más de un mes del “súper domingo” electoral, y teniendo a la inseguridad como escenario permanente de la tragicomedia mexicana, el tema de moda en el país pasa por los festejos del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución. Preocupados por el contenido de estas fiestas y no tanto por el significado de la ocasión, muchos se dejan llevar por aquello que parece más un placebo para la sociedad que el motivo para la reflexión y el pretexto para la reconciliación.

Hoy, pocos han sido los esfuerzos de las distintas instancias y niveles de gobierno que apunten a una introspección seria acerca de lo que somos como país y el verdadero significado de ambas fechas. Sin duda, la más grande aportación ha consistido en los foros organizados por el gobierno del Estado de México en los que se ha discutido el pasado, presente y porvenir del Estado Mexicano y su sociedad. Ojalá que las conclusiones que ahí se alcancen puedan ser traducidas en acciones concretas que permitan consolidar un verdadero proyecto nacional que beneficie a todos los mexicanos.

Sin embargo, es triste tener que reconocer que, fuera de la verbena y el espectáculo mediático que se ha montado, pocos serán los resultados sustantivos que permitan pensar y planear sobre aquello que como Estado queremos alcanzar. Hoy imagino lo que nuestras generaciones futuras pensarán cuando la reflexión los llame a cuentas para celebrar los trescientos años de independencia y el bicentenario de la Revolución Mexicana. Me pregunto si también en estas fechas se incluirán festejos para celebrar el centenario de la inacción y la inoperancia, del aletargamiento de las fuerzas políticas y del conformismo de la sociedad entera.

Cuando era niño y cursaba Historia de México en la primaria y la secundaría, recuerdo que mis profesoras hacían hincapié en la importancia de dos fechas: 1810 y 1910. Casualmente cada una a cien años de distancia, ambas efemérides pasaban por los grandes cambios que habían moldeado la sociedad que entonces éramos y en la que hoy nos hemos descompuesto. Recuerdo también que la fatídica fecha de 2010 se presentaba, cuando menos en las lecciones de salón, como un parteaguas en el destino del país. Se hablaba de dos opciones: un cambio pacífico que nos permitiera recomponer el camino para alcanzar mejores condiciones de vida, o una nueva revuelta armada que rompiera con un sistema que ya se aproximaba a su fecha de expiración.

A varios años de distancia de aquellas lecciones, el país marcha como siempre. No se detiene el tránsito de la vida y no sucede ni una ni otra cosa. Y el asunto no está en el cambio pacífico, pues ese puede esperar sin mayores consecuencias. El problema estriba en la acumulación de odio, rencor y resentimiento que día con día suma nuevos adeptos. Cuando la presión social se acumula y no es liberada mediante válvulas de escape, lo único que puede pasar es un estallido inevitablemente violento.

No se entiendan mis palabras como una convocatoria al rompimiento con el orden establecido. Jamás. No se piense que es una invitación a liberar los sentimientos acumulados y largamente añejados. Nunca. Sólo pienso en lo que los mexicanos del siglo XXII pensarán de nosotros cuando busquen en la memoria histórica el momento que hoy vivimos y las decisiones y acciones que emprendimos. Pienso en el lejano México de 2110, que hoy, tristemente, se antoja muy similar a lo que desde hace años venimos siendo.

Por cierto, en la frivolidad de los detalles, resulta complejo entender la falta de cuidado al hablar de “fuegos pirotécnicos” y no de juegos pirotécnicos o fuegos artificiales para referirse a un espectáculo de pirotecnia. Sin embargo, y ante la falta de un cuidado tan elemental, aplica un dicho alemán que señala que “el diablo está en los detalles”.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 9 de agosto de 2010.

México y sus factores de cambio (V)*

A lo largo de las últimas cuatro entregas, he presentado los que, a mi entender, constituyen verdaderos factores de cambio para el país. Estoy convencido que mientras estos – sociedad, medios de comunicación y políticos – no cambien, las cosas continuarán tan mal como hasta ahora. La modificación del Estado requiere de todos. La transformación de realidades no puede entenderse a partir de una sola persona o incluso de un grupo. Es la suma de los cambios de varios factores los que permitirán que tengamos un Estado dinámico, moderno, social, plural, participativo, equitativo y viable.

Esta colaboración, última de una serie de cinco, no pretende dar lecciones a nadie, ahondar en frases vacías o arribar a lugares comunes. Si acaso, es la recapitulación de ideas que, estoy seguro, no sólo viven en mi mente, sino en la de millones de mexicanos que todos los días despertamos con ánimos de transformar la realidad y nos vamos a la cama con el fracaso a cuestas.

Soy un joven mexicano tan igual como cualquiera, sin más privilegios que los de una vida digna, una educación llena de valores y una instrucción que me ha permitido reconocer los errores en los que como país hemos caído hasta llegar al lugar en donde estamos. Poco conozco del interés que despierten estas líneas. Quizá eso sea lo que menos importa. Quien escribe suele desconocer a sus lectores y la reflexión que en ellos se pueda gestar. Sin embargo, este hecho no puede ser pretexto para callar. Al contrario. La oportunidad de comunicar representa el reto de ser la voz de quienes piensan de manera similar. En México, somos muchos los jóvenes que queremos cambios que nos demuestren que existe rumbo y destino, que existe esperanza.

Alzo la voz por aquellos que todos los días trabajan por un mejor país. Por quienes creen que el respeto, la dignidad, el honor, la verdad, la solidaridad, la congruencia, la pasión, son valores vigentes que nunca pasan de moda. Por aquellos que aun sueñan que otro México es posible si todos y cada uno de nosotros hacemos lo que nos corresponde.

Alzo la voz para pedirle a la sociedad una reflexión profunda que contemple no sólo al vecino, sino que empiece por uno mismo. La esencia de cualquier Estado es su pueblo, su gente, y aquél sólo es reflejo de esta. Las fallas que queremos ver en los demás, son los defectos que nosotros mismos tenemos. ¡Basta ya de autocomplacencias y engañifas! ¡Basta de querer que todo cambie sin tener que hacer un esfuerzo!

Alzo la voz y en mi grito demando que todos veamos por todos y no sólo por nuestro círculo más inmediato. Sin distingos de colores o ideologías, grito que México, particularmente sus jóvenes, reclamamos de todos los actores políticos y sociales altura de miras en el discurso y las propuestas, pero también en las acciones. Quienes son lo que representan a partir del cargo o la coyuntura tienen la responsabilidad principal como líderes de nuestra sociedad. De Beatriz Paredes o Felipe Calderón, de Andrés Manuel López Obrador o Ricardo Salinas, de Enrique Peña o Alejandro Encinas, de Martín Esparza o Enrique Krauze, de Joaquín López Dóriga o Elba Esther Gordillo, de Ernesto Cordero o Roberto Gil, México y sus jóvenes no esperamos menos que el ejemplo de lo que como sociedad queremos y necesitamos.

Alzo la voz, porque el silencio sólo sirve para acumular secretos y rencores, y ninguno de ellos abona a lograr el Estado al que aspiramos. Alzo la voz, esperando que en 2012 sea otra la propuesta y la realidad. Alzo la voz, porque el momento permite soñar con otros vientos en los que ‘bienestar’ sea más que un concepto lleno de definiciones y vacío de significado. Alzo la voz, porque sólo mediante la reflexión profunda alcanzaremos a visualizar los verdaderos factores de cambio para nuestro Estado. México lo necesita.
* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 2 de agosto de 2010.