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12.5.11

Discurso de Luis Donaldo Colosio Murrieta en el LXV Aniversario del PRI

Discurso pronunciado por Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato del PRI a la Presidencia de la República en 1994, en el LXV Aniversario del PRI. A 17 años de distancia, duele que el México de hoy siga siendo el mismo que Colosio veía en 1994, o acaso un poco más desalentador.





23.4.11

Medidas desesperadas*

El título que hoy lleva esta columna no hace referencia a una película de 1997 en la que el protagonista, un policía de San Francisco y padre de un niño enfermo, se ve obligado a doblar las reglas con tal de conseguir un trasplante de médula que salve la vida de su pequeño. El posible donador, un asesino condenado a cadena perpetua, hace lo necesario para tener una oportunidad, aunque sea mínima, para escapar de prisión. A lo largo de esta película, es posible ver hasta dónde es capaz de llegar alguien para conseguir lo que quiere. El problema, como decía al inicio, es que esta colaboración no intenta plantear una situación ficticia, sino una realidad a la que nos han orillado algunos destacados políticos.

El escenario, el Estado de México en 2011. Los protagonistas, Enrique Peña Nieto, Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard. Como actores de reparto, Eruviel Ávila, Alejandro Encinas, Luis Felipe Bravo Mena, Gustavo Madero, Jesús Zambrano y Dolores Padierna. La trama, cómo conseguir que Eruviel y el PRI fracasen en las elecciones y por lo tanto debiliten, aunque sea un poco, la eventual candidatura presidencial de Enrique Peña Nieto. El desenlace, como en cualquier película de suspenso, de pronóstico reservado.

Nadie puede negar que lo que hoy vemos en el Estado de México promete emociones fuertes y que las situaciones que se sucederán en los días por venir darán mucho para el análisis. Sin embargo, es injusto y hasta mezquino llevar a la sociedad a una confrontación tal como a la que algunos de los protagonistas están dispuestos a llegar. Resulta inverosímil imaginar que el interés de muchos de los personajes que hemos mencionado sea simple y sencillamente debilitar a quien ven como un seguro adversario en las elecciones de 2012. Poco les importan las necesidades de los mexiquenses, pasar por encima de las leyes o continuar alimentando el descrédito y la desconfianza que la sociedad tiene por la política y por aquellos que en ella participan.

¿Hasta dónde estarán dispuestos a llegar panistas y perredistas para intentar debilitar a Eruviel Ávila y con ello dar a Enrique Peña la imagen de un político incapaz de mantener para su partido la entidad que gobierna? ¿Serán capaces de utilizar no sólo las trampas y triquiñuelas que ofrece el juego político, sino incluso accionar ciertos mecanismos del Estado que parecían ya enterrados gracias a la reciente democracia? ¿Cuál será el límite de sus medidas desesperadas con tal de no perder desde ahora las elecciones de 2012?

Sin pretender sumarme a quienes elaboran teorías de conspiración, estoy convencido que las elecciones de julio en el Estado de México aún nos deparan muchas sorpresas. En lo particular, no me extrañaría que, al ver frustrada la alianza formal entre PAN y PRD, el candidato panista, Luis Felipe Bravo Mena, decidiera participar simplemente con una candidatura testimonial para, a unas semanas o incluso días de la elección, declinar a favor de Alejandro Encinas. Tampoco sería raro que, desde el gobierno federal, se intentara acusar sin pruebas a Eruviel Ávila e incluso llevar el asunto al mismo destino que tuvo el perredista Gregorio Sánchez en Quintana Roo.

Nadie, ni los propios panistas y perredistas, puede negar que en este momento en el Estado de México el PRI y su candidato llevan una amplia ventaja en las preferencias electorales. Los priístas mexiquenses lo saben y harán una campaña en la que buscarán consolidar lo que hoy tienen. Sólo espero que el Estado de México no se convierta en el escenario donde el gobierno federal y los grupos perredistas más radicales e incongruentes, con tal de derrotar al adversario y sin importar el desbordamiento de la violencia que puedan provocar, estén dispuestos a realizar medidas desesperadas.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 4 de abril de 2011.

La consulta de los Chuchos*

Hoy el país amanece con varias noticias que marcarán el destino de la política nacional para los próximos años. Teniendo como escenario al Estado de México, el día de ayer se celebraron dos actos que perfilan la que será una elección sumamente competida por lo que en ella se juegan varios actores. Enrique Peña Nieto, Andrés Manuel López Obrador, Marcelo Ebrard y el propio Presidente Felipe Calderón, han fijado el 3 de julio como la fecha en la que se verán las caras por primera ocasión en la carrera por la Presidencia en 2012.

A primera hora del domingo, perredistas y panistas instalaron mesas de votación para realizar una consulta en la que se busca conocer el sentir de los mexiquenses respecto de una eventual alianza entre ambos partidos. Poco más tarde, en la sede del PRI estatal, se registró quien será el candidato de este partido a la gubernatura del Estado. Ambos actos marcan el inicio de una guerra despiadada en la que, desafortunadamente, lo que privilegiará serán las descalificaciones y acusaciones mutuas, muchas de ellas justificadas pero ninguna útil para contribuir al desarrollo de la insípida democracia.

En el caso de la consulta, es de destacar la falta de seriedad con la que esta se ha organizado. Resulta difícil pensar que los mecanismos de seguridad con los que cuentan panistas y perredistas eviten la comisión de actos fraudulentos y que en cualquier proceso democrático serían motivo más que suficiente no sólo para desconfiar de los resultados, sino incluso para anular el ejercicio mismo. En los siguientes días tendremos conocimiento preciso de los resultados de esta encuesta, la cual seguramente avalará la decisión que desde hace tiempo se tomó entre las dirigencias de ambos partidos.

Pero la consulta ha dejado ver otros aspectos de la política mexicana. La dirigencia del PRD, encabezada nuevamente por un Chucho, se ha empecinado en privilegiar el odio por el PRI y su principal activo, Enrique Peña, en detrimento no sólo de un militante distinguido de aquél partido como es Alejandro Encinas, sino incluso de la oportunidad de obtener un triunfo que reposicionaría al Sol Azteca entre el electorado. Encinas ha señalado que si la alianza se aprueba, de ninguna manera participará en una elección en la que formalmente no cumple con los requisitos que marca la ley.

Por lo que hace a los panistas, llama la atención la incontinencia verbal de quien hasta hace poco servía como secretario particular del Presidente de la República. Luis Felipe Bravo Mena, el otrora representante de México frente al Vaticano, llama a los ciudadanos a votar en la consulta y manifestarse en favor de la alianza PAN-PRD, pero descalifica la posible participación de los priístas. ¿Acaso los priístas no son ciudadanos? Si Bravo Mena y sus secuaces querían evitar la participación de aquellos con preferencia por otro partido distinto al suyo o a su nuevo aliado, entonces hubieran realizado una consulta únicamente para militantes.

Los tambores de guerra comienzan a resonar en una elección que se antoja harto compleja, pero también sumamente interesante para conocer los verdaderos intereses de unos y otros. El comportamiento que tengan los partidos y sus actores será una gran muestra de lo que nos espera el próximo año.

No puedo terminar esta colaboración sin mencionar mi admiración y respeto por dos políticos que demostraron una gran madurez, dignidad y estatura en el proceso de selección interna del candidato priísta al Gobierno del Estado de México. Me refiero a Ernesto Nemer y Luis Videgaray. Sin temor a equivocarme, la decisión de no participar en la contienda significó un amargo trago en sus proyectos personales, pero una actitud digna de mencionar por la congruencia e institucionalidad mostradas. Felicidades por ello, pues se trata de un ejemplo del que muchos tendrían que aprender.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 28 de marzo de 2011.

Los grandes mitos de las alianzas (III)*

Las alianzas electorales entre PAN y PRD que se formalizaron en 2010, como hemos apuntado anteriormente, se llevaron a cabo con el fin primordial de restar fuerza al Partido Revolucionario Institucional y debilitar a Enrique Peña Nieto como el más factible candidato de este partido a la Presidencia de la República. Por ello, no es extraño imaginar que la gran prueba de fuego de este grotesco experimento electoral tendrá lugar el próximo 3 de julio en el Estado de México.

Como hemos señalado en las anteriores entregas, las uniones entre PAN y PRD se han vendido a la sociedad como un gran espejismo adornado de grandes mitos. Uno a uno, los mitos van cayendo y en el derrumbe va quedado al descubierto el conjunto de mentiras que tejieron Jesús Ortega y César Nava y que hoy pretende consolidar Gustavo Madero. Sin embargo, y como a continuación explicamos, el triunfo de la alianza PAN-PRD en el Estado de México se antoja francamente lejano.

Primero. Las condiciones políticas en el Estado de México son diametralmente opuestas a las vividas en aquellas entidades donde las alianzas arrojaron resultados electorales favorables. Mientras que en Oaxaca y Puebla gobernaban mandatarios poco queridos por la sociedad, en el Estado de México el titular del Ejecutivo es el Gobernador más popular y que menos rechazos genera entre la ciudadanía. Por lo que hace a Sinaloa, el Ejecutivo era encabezado por un político sin la suficiente fuerza política al interior del PRI estatal y de los grupos reales de poder, en tanto que en la entidad mexiquense Enrique Peña es respetado por la clase política de forma prácticamente unánime.

Segundo. El factor López Obrador juega un papel determinante, pues en esta elección se juega buena parte de su capital político rumbo al 2012. Si bien es cierto que Andrés Manuel López Obrador no estuvo de acuerdo en la conformación de alianzas en las elecciones de 2010, la oposición que estas encontraron por parte de aquél en Puebla y Sinaloa fue mínima, pues ni él ni el PRD contaban con la suficiente fuerza electoral para siquiera alcanzar el segundo lugar. En el caso de Oaxaca, el candidato de dicha alianza fue uno de sus más cercanos colaboradores, por lo que la máxima expresión de inconformidad de López Obrador consistió, si acaso, en la falta de apoyo directo a Gabino Cué.

Tercero. Ni el PAN ni el PRD cuentan con figuras lo suficientemente populares y con ascendencia y trabajo en la entidad, pero tampoco se avizora una ruptura en el PRI que les permitiera aprovechar la pepena de un candidato entre los aspirantes derrotados. Gabino Cué y Rafael Moreno Valle son personajes que han realizado su carrera política en sus respectivas entidades federativas y que cuentan con un trabajo de varios años y el reconocimiento por parte de la sociedad. Mario López Valdés, por su parte, antes de las elecciones en Sinaloa era el priísta mejor posicionado en las encuestas para ocupar la candidatura a gobernador. Luis Felipe Bravo Mena y Alejandro Encinas son políticos identificados por sus cargos a nivel nacional o incluso en otros estados, y resulta difícil de imaginar que Eruviel Ávila ni mucho menos Alfredo del Mazo participaran por otra opción política distinta al PRI.

Como estrategia electoral y política, las alianzas son un ejercicio altamente redituable. Cuando se realizan para formar gobiernos de coalición e integrar proyectos que beneficien a la sociedad, las alianzas resultan en mecanismos sumamente eficaces. El problema en nuestro país es que aquellos dirigentes de pacotilla que pretendieron vestirse de demócratas, en realidad se disfrazaron en monstruos grotescos con una enorme voracidad por el poder. En unos meses, al fin, la farsa quedará al descubierto y los grandes mitos de las alianzas habrán sido derrotados.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 21 de marzo de 2011.

Los grandes mitos de las alianzas*

Cuando en 2010 se confirmó la mayor aberración ideológica que se pueda recordar en la historia política de México, muchos pensaban que se trataba de la más eficaz estrategia electoral para disminuir la fuerza del Partido Revolucionario Institucional. Pocos repararon en el impacto que las alianzas entre PAN y PRD tendrían para la izquierda mexicana, y empujaban, casi frenéticos, en favor de dicha asociación. Hoy, a ocho meses de distancia, los resultados comienzan a ser perceptibles para toda la sociedad. El PRI no disminuyó en las preferencias electorales, pero en cambio el PRD se debate entre la vida y la muerte.

Las consecuencias de estas alianzas no sólo importan a los ojos de los directamente involucrados. Los efectos que el excesivo pragmatismo ha arrojado son asunto que debe preocuparnos a todos. Más allá de las mentiras propagadas en aquel momento y que hoy quedan al descubierto, de los mitos fantásticos como la supuesta e inexistente integración de gobiernos de coalición, a los mexicanos nos debe preocupar la estrategia que ha iniciado el Partido Acción Nacional y que pone en riesgo la subsistencia de la izquierda organizada.

En esta y las siguientes colaboraciones, intentaremos desmenuzar las causas y los efectos que han tenido, y parece que seguirán teniendo, estos engendros que la ley permite, pero que la sociedad no debe tolerar. En una primera oportunidad habría que señalar que las alianzas por sí mismas no tienen nada de extraño y que incluso son benéficas para el funcionamiento de cualquier democracia. Se trata de un ejercicio en el que se suman proyectos, voluntades y visiones sobre la situación de un Estado. Sin embargo, cuando las alianzas se conforman con la única coincidencia de un enemigo en común, sucede lo que hoy nos pasa en México.

Los señores César Nava y Jesús Ortega, ataviados como paladines de la democracia, decidieron que si el PRI y su principal figura rumbo al 2012, Enrique Peña Nieto, estaban tan altos en las preferencias electorales, lo ideal sería atacar para intentar destruir un gran proyecto político, en lugar de construir a partir de sus visiones sobre el futuro que se requiere para el país. Y como lo principal era derrumbar al PRI y a Peña Nieto, poco importaba si para lograrlo había que juntar el agua con el aceite. Así pues, las alianzas entre PAN y PRD, como los mentados paladines de la democracia sostuvieron en su momento, tuvieron como causa principal el intento para frenar el crecimiento que en las preferencias electorales estaba logrando el PRI.

Poco tiempo después, y frente a lo impúdico que era argumentar una alianza con el único objetivo de disminuir la fuerza de un partido político, se crearon mitos fantásticos por ilógicos e inverosímiles. Se dijo que las alianzas servirían para derrocar cacicazgos históricos a partir de la integración de gobiernos de coalición, donde se incluirían a todas las fuerzas políticas participantes en ellas. Hoy, con los tres gobiernos aliancistas formalmente en el poder, Sinaloa, Puebla y Oaxaca cuentan con gabinetes formados, mayoritariamente, por militantes priístas. Incluso, en Oaxaca no encontramos secretarios del gobierno estatal emanados de Acción Nacional, como en Puebla no los hay de formación perredista.

Así pues, no es difícil empezar a observar cómo las alianzas entre PAN y PRD fueron una ocurrencia boyante del pragmatismo que caracteriza a políticos sin valores ni principios. Con el odio hacia el PRI como única coincidencia, y mediante mitos geniales que hoy se comprueban más falsos que una moneda de tres pesos, el PAN y el PRD han intentado engañar a la sociedad.

En las próximas colaboraciones analizaremos cómo las alianzas, en lugar de debilitar al PRI, han puesto en riesgo la viabilidad del PRD y de buena parte de la izquierda institucionalizada del país.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 7 de marzo de 2011.

Los grandes mitos de las alianzas (II)*

Cuando en 2010 se confirmó la mayor aberración ideológica que se pueda recordar en la historia política de México, muchos pensaban que se trataba de la más eficaz estrategia electoral para disminuir la fuerza del Partido Revolucionario Institucional. Pocos repararon en el impacto que las alianzas entre PAN y PRD tendrían para la izquierda mexicana, y empujaban, casi frenéticos, en favor de dicha asociación. Hoy, a ocho meses de distancia, los resultados comienzan a ser perceptibles para toda la sociedad. El PRI no disminuyó en las preferencias electorales, pero en cambio el PRD se debate entre la vida y la muerte.

Las consecuencias de estas alianzas no sólo importan a los ojos de los directamente involucrados. Los efectos que el excesivo pragmatismo ha arrojado son asunto que debe preocuparnos a todos. Más allá de las mentiras propagadas en aquel momento y que hoy quedan al descubierto, de los mitos fantásticos como la supuesta e inexistente integración de gobiernos de coalición, a los mexicanos nos debe preocupar la estrategia que ha iniciado el Partido Acción Nacional y que pone en riesgo la subsistencia de la izquierda organizada.

En esta y las siguientes colaboraciones, intentaremos desmenuzar las causas y los efectos que han tenido, y parece que seguirán teniendo, estos engendros que la ley permite, pero que la sociedad no debe tolerar. En una primera oportunidad habría que señalar que las alianzas por sí mismas no tienen nada de extraño y que incluso son benéficas para el funcionamiento de cualquier democracia. Se trata de un ejercicio en el que se suman proyectos, voluntades y visiones sobre la situación de un Estado. Sin embargo, cuando las alianzas se conforman con la única coincidencia de un enemigo en común, sucede lo que hoy nos pasa en México.

Los señores César Nava y Jesús Ortega, ataviados como paladines de la democracia, decidieron que si el PRI y su principal figura rumbo al 2012, Enrique Peña Nieto, estaban tan altos en las preferencias electorales, lo ideal sería atacar para intentar destruir un gran proyecto político, en lugar de construir a partir de sus visiones sobre el futuro que se requiere para el país. Y como lo principal era derrumbar al PRI y a Peña Nieto, poco importaba si para lograrlo había que juntar el agua con el aceite. Así pues, las alianzas entre PAN y PRD, como los mentados paladines de la democracia sostuvieron en su momento, tuvieron como causa principal el intento para frenar el crecimiento que en las preferencias electorales estaba logrando el PRI.

Poco tiempo después, y frente a lo impúdico que era argumentar una alianza con el único objetivo de disminuir la fuerza de un partido político, se crearon mitos fantásticos por ilógicos e inverosímiles. Se dijo que las alianzas servirían para derrocar cacicazgos históricos a partir de la integración de gobiernos de coalición, donde se incluirían a todas las fuerzas políticas participantes en ellas. Hoy, con los tres gobiernos aliancistas formalmente en el poder, Sinaloa, Puebla y Oaxaca cuentan con gabinetes formados, mayoritariamente, por militantes priístas. Incluso, en Oaxaca no encontramos secretarios del gobierno estatal emanados de Acción Nacional, como en Puebla no los hay de formación perredista.

Así pues, no es difícil empezar a observar cómo las alianzas entre PAN y PRD fueron una ocurrencia boyante del pragmatismo que caracteriza a políticos sin valores ni principios. Con el odio hacia el PRI como única coincidencia, y mediante mitos geniales que hoy se comprueban más falsos que una moneda de tres pesos, el PAN y el PRD han intentado engañar a la sociedad.

En las próximas colaboraciones analizaremos cómo las alianzas, en lugar de debilitar al PRI, han puesto en riesgo la viabilidad del PRD y de buena parte de la izquierda institucionalizada del país.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 7 de marzo de 2011.

Las lecciones de Guerrero*

El pasado domingo 30 de enero el pueblo guerrerense decidió en las urnas que el próximo gobernador será el ex priísta Ángel Aguirre. Más allá de lo sucio, violento y antidemocrático del proceso electoral, cuya última decisión corresponderá a la autoridad electoral, he encontrado decenas de columnas políticas que analizan las elecciones de una entidad federativa y a partir de sus conclusiones pretenden arribar a argumentos aplicables a la totalidad del país y del sistema político mismo. Creo, sin embargo, que lo conveniente es dar su justa dimensión a cada cosa y no perdernos en la inmediatez que sólo revela filias y fobias.

Si pretendemos analizar y entender lo que sucedió en Guerrero, podemos señalar lo siguiente. Se trató, como en la mayoría de las elecciones recientes, de un proceso en el que por encima de los intereses ciudadanos se colocaron las ambiciones de grupos. De igual manera, demostró que la congruencia ideológica no es una característica de los partidos y mucho menos de los políticos y que es preferible el pragmatismo rapaz. La elección en Guerrero fue, una vez más, la prueba de la ineficacia de nuestras autoridades, pero también de la debilidad de las instituciones políticas que se construyeron durante los últimos años del siglo XX.

El triunfo de Aguirre demuestra que en una elección el ciudadano valora, mucho más que antes, la trayectoria, el perfil y la experiencia del candidato. De igual manera, abona a la estadística que señala que para que el PRD gane una gubernatura, requiere de un candidato que no provenga de sus bases y que haya desfilado antes por otro partido. Adicionalmente, la victoria de Aguirre, pero sobre todo la forma en que ésta se dio, reafirma que el PAN y Felipe Calderón están dispuestos a todo, incluso a torcer su doctrina e ideología, con tal de evitar el avance del PRI.

La otra cara de la moneda, la derrota de Manuel Añorve, también deja valiosas lecciones para el análisis. En primer lugar, confirma que ante la mala selección de un candidato no existe campaña que lo haga ganar, pues las bases se sienten engañadas por sus dirigentes. Por otro lado, demuestra que en el PRI aún no se aprende que el peor mal que puede aquejar a este instituto político es la división interna, pues ello contribuye a la diáspora de militantes hacia otras opciones electorales. Por último, revela que a partir de ahora cada derrota del PRI será utilizada por la oposición como una derrota directa de Enrique Peña Nieto, principal aspirante rumbo al 2012.

En general, las elecciones en Guerrero demuestran que el PAN continúa siendo, igual que el PRD, un partido con presencia regional y sin una base electoral sólida en buena parte de las entidades federativas. Al margen de la declinación de último minuto del candidato blanquiazul, el PAN no hubiera obtenido más allá de un tres por ciento de los votos. En contraparte, el PRI confirma que, aún en las derrotas, en la gran mayoría de los estados cuenta con un piso superior al cuarenta por ciento de la votación.

Estas, las que hemos señalado, son algunas de las conclusiones a las que podemos arribar después de un análisis serio y frio de lo sucedido en Guerrero. Aquellos que pretenden hacer un símil entre ésta y otras entidades federativas, suponen que la política es igual en todo el territorio mexicano y que los intereses y las condiciones se repiten en patrones idénticos. Quienes lo hacen deben imaginar que en el Estado de México Eruviel Ávila o Luis Videgaray serán candidatos por el PAN y el PRD, o que en el 2012 Manlio Fabio Beltrones conformará una alianza en contra de Enrique Peña de la mano de Manuel Camacho.

Guerrero fue lo que vimos hace una semana. A partir de ahora inicia un camino muy distinto. Demos a los hechos su justa dimensión y no pretendamos, a partir de ellos, construir la historia política de los próximos años.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 7 de febrero de 2011.

Las elecciones que vienen*

El día de hoy Guerrero amanece en conflicto. Al momento en que escribo estas líneas no conozco los resultados preliminares que marquen una tendencia clara sobre quien ganará. Sin embargo, ello poco importa. Para un pueblo tan golpeado por la miseria, la confrontación, la violencia y la injusticia, poco importa el resultado en las urnas. Después de un proceso electoral plagado de irregularidades y sembrado por el odio, las mentiras y la incongruencia disfrazada de pragmatismo, es de esperar que quienes sean derrotados no queden satisfechos. La recapitulación de los hechos habla por sí sola.

El PRI designa como su candidato a Manuel Añorve, alcalde de Acapulco, y en la contienda es derrotado el senador y ex gobernador Ángel Aguirre. Aguirre, quien se siente traicionado por su primo y triunfador en la contienda interna, es buscado por el PRD y se convierte en el candidato de un bloque de izquierda. El PAN, como en muchos otros lugares del país, cuenta con una fuerza electoral mínima y designa como su candidato a Marcos Parra, hasta entonces edil de Taxco.

La campaña se desarrolla en medio de ataques, dichos infundados, agresiones y falta de propuestas que verdaderamente intenten sacar del atolladero a millones de guerrerenses que despiertan sin saber si ese día tendrán lo suficiente para dar de comer a sus familias o, peor aún, si por la noche regresarán vivos a casa. A lo largo de este proceso electoral, el representante del PRD ante el Instituto Electoral es brutalmente golpeado, mientras que un dirigente local del PRI no corre con tanta suerte y resulta asesinado. Mientras esto sucede, decenas de guerrerenses son ejecutados y la pobreza avanza a paso firme.

La semana pasada, a unas horas de concluir la campaña, Parra declina en favor de Aguirre, mientras que un periódico de circulación nacional acusa infundadamente a Añorve de tener vínculos con la delincuencia organizada. Ese fue el saldo de un proceso que concluyó ayer, probablemente con una baja participación ciudadana, y en el que lo que menos importa es el resultado en las urnas. ¿Pueden considerarse los resultados de ayer como una manifestación real de lo que los guerrerenses desean para sus hijos y para ellos mismos? Difícilmente. El conflicto legal, político y social que se avecina da cuenta de ello.

A diecisiete meses de las elecciones federales y cinco de los comicios en el Estado de México, es importante que reconozcamos que los resultados no lo son todo, ni siquiera cuando se trata de una elección. La forma en la que un partido y su candidato alcanzan la mayoría necesaria para ser vencedores en un proceso electoral resulta fundamental. ¿Y hacia dónde se enfilan estas dos importantes elecciones que habremos de vivir en el futuro inmediato? Con un PRI que luce imparable y un PAN y un PRD ávidos de vencer sin importar el costo de su triunfo, el panorama no parece halagüeño.

En el Estado de México, el PRD parece contar con un candidato sólido en lo electoral, pero demasiado débil en lo legal. Si como él mismo lo reconoció no cuenta con el tiempo de residencia mínima para participar, Alejandro Encinas será sólo un elemento más en el enfrentamiento y encono político. En cuanto al candidato del PAN, el más viable es Luis Felipe Bravo Mena, alguien que no parece tener el arrastre suficiente para sumar más allá del quince por ciento de la votación. El PRI, que hasta ahora ha dado muestras de unidad y madurez, como la sucedida apenas el viernes pasado en el informe del diputado y principal aspirante a suceder al gobernador Enrique Peña Nieto, Ernesto Nemer, cabalga en caballo de hacienda. ¿Cómo se descompondrá el escenario mexiquense? ¿Cómo afectará todo esto a la sucesión presidencial? En los próximos meses podremos ver quiénes son aquellos que verdaderamente tienen altura de miras. La mesa está servida.

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 31 de enero de 2011.

El valor de la equidad en la democracia*

Durante mucho tiempo México contó con un sistema político sui generis. Como en pocos países, el nuestro tuvo un sistema de partidos hegemónico, en el que la voz que se escuchaba en los distintos órganos y órdenes de gobierno era solamente la de PRI y sus antecesores, el PNR y el PRM. Gracias a la lucha de miles de hombres y mujeres, poco a poco se lograron avances en la consolidación de una democracia verdadera. El argumento que durante décadas hicieron valer, con toda justicia, era el de construir instituciones que permitieran competencias electorales con equidad.

Lo consiguieron con creces. Tanto así, que el otrora partido invencible fue derrotado en las elecciones del 2000, consiguiendo la anhelada alternancia. En 1997, el propio PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Ese mismo año, el PRD obtuvo el triunfo en las elecciones para elegir al primer Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Tiempo atrás se constituyeron el Instituto Federal Electoral y el Tribunal Federal Electoral como órganos especializados en la materia y autónomos en sus decisiones. Durante la década de los sesenta se adoptó un sistema electoral mixto en el que se dio cabida a legisladores de partidos que, sin haber obtenido ningún triunfo directo en las urnas, pudieran representar los intereses de importantes sectores de la población. Todo ello en nombre de la democracia y la equidad.

Por todo esto, resulta paradójico que miembros distinguidos de partidos que lucharon por democratizar al país, hoy se opongan a reformas que buscan la equidad de las elecciones. Me refiero, por supuesto, a la incongruente y convenenciera discusión que líderes del PAN y del PRD han iniciado en torno a la eliminación de las candidaturas comunes en el Estado de México. Con argumentos mentirosos, ambos partidos acusan la supresión de su derecho a aliarse como coalición electoral y engañan a la ciudadanía cuando afirman que se trata de una reforma regresiva y perversa.

Perversos y regresivos son aquellos que olvidan su pasado como militantes de partidos socialistas de lucha y quienes, tal vez por su inexperiencia o falta de información, reniegan de lo que durante largos años buscaron los dirigentes de su partido. Pareciera que, empecinados la obtención del poder para su uso faccioso, Ortega y Nava están dispuestos a renegar de su propia historia.

La figura de la candidatura común, extinta en la legislación federal y en la de dos terceras partes de las entidades federativas, no busca otra cosa que reafirmar la equidad de los procesos electorales. ¿Es equitativo que para una elección se permita que varios partidos sumen los recursos públicos que se les entregan y cuenten con distintos representantes ante los órganos electorales, tantos como partidos integren dicha candidatura? Por supuesto que no. Por ello la eliminación de las candidaturas comunes que sólo minan la equidad de las contiendas.

La reforma en el Estado de México privilegia un valor fundamental de la democracia, al tiempo que fortalece la posibilidad de contar con alianzas electorales a través de las coaliciones. Amén de la incongruencia que implicaría una nueva alianza entre PAN y PRD, si la posibilidad de ello no se elimina en el Estado de México, ¿por qué esta reforma les causa tanto escozor a sus dirigentes? Porque con esto se entierra la virtual inequidad del proceso de la que ellos resultarían favorecidos. No les importa brindar una opción política seria y comprometida con los mexiquenses, sino más recursos para sus partidos y golpear la figura del político más aventajado no en las encuestas, sino en la preferencia de los ciudadanos. Equidad mientras me convenga. Si yo puedo tener ventaja sobre mi adversario, ¡hágase la democracia, pero en la yunta de mi compadre!

* Publicado en los diarios de Organización Editorial Mexicana el 4 de octubre de 2010.

21.4.11

Candidaturas Comunes y Coaliciones Electorales. El caso del Estado de México*

Recientemente tuvo lugar una reforma a la legislación del Estado de México en la que se suprimieron las candidaturas comunes como mecanismo electoral en el que dos o más partidos políticos postulan a un mismo candidato para un determinado proceso electoral. No obstante, la propia legislación mexiquense contempla otra figura que permite que dos o más partidos compitan electoralmente con un mismo candidato. ¿Qué diferencia existe entre una y otra figura, y por qué la citada reforma ha desatado una polémica de carácter nacional? ¿Es verdad que mediante la supresión de candidaturas comunes se pretende limitar la posibilidad de los partidos a realizar alianzas electorales? ¿Se trata, como han señalado distintos actores políticos y académicos connotados, de un artero golpe a la democracia?
Las candidaturas comunes y las coaliciones electorales son, de manera general, dos mecanismos contemplados por el Derecho Electoral en el que dos o más partidos deciden participar con un mismo candidato en una elección determinada. Sin embargo, a pesar de tener el mismo fin, ambas figuras encuentran diferencias sustantivas. Si pretendemos entender el verdadero centro de la discusión que recientemente se ha desatado, es menester comprender con toda claridad en qué consisten las candidaturas ciudadanas. No se falta a la verdad cuando se afirma que, muchas veces, los estudiosos del Derecho tenemos una mejor comprensión de aquellas cuestiones de índole nacional sobre las de carácter local o incluso municipal. Por ello, y dado que durante los últimos procesos electorales federales las coaliciones han sido una constante, comenzaremos explicando el contenido y alcance de las candidaturas comunes, figura presente en algunas legislaciones locales, pero ausente en la nacional.

Las candidaturas comunes, contempladas hasta hace algunos días en el Código Electoral del Estado de México, consistían, según el artículo 76 de dicho ordenamiento, en la postulación de un mismo candidato, una misma planilla o fórmula de candidatos, en una demarcación electoral, por dos o más partidos políticos, designados previo acuerdo estatutario que emitan los partidos políticos respectivos. Más adelante en el mismo precepto está el verdadero fondo del asunto, cuando se señala que, independientemente de la postulación común que hagan los partidos, cada uno de ellos conservará los derechos, obligaciones y prerrogativas que les correspondan. Adicionalmente, continúa el artículo 76, el número de votos que el candidato común reciba se podrá computar ya sea al candidato común de forma directa, o bien a cada uno de los partidos que participan en la candidatura común.

Por otra parte, la coalición electoral igualmente busca postular a un cargo de elección popular a una misma persona como candidato de dos o más partidos. Sin embargo, y en oposición a las candidaturas comunes, las coaliciones representan prácticamente la suma total de los partidos participantes y su amalgamamiento como un solo actor frente a las autoridades electorales. Dicho de otra manera, las coaliciones representan un compromiso absoluto de los partidos involucrados respecto de un proyecto no sólo al momento de buscar el voto del electorado, sino en los tiempos posteriores a la jornada electoral.

Pareciera que las características de cada figura hasta ahora señaladas no representan grandes diferencias, pero como veremos a continuación esto no es así. Hemos ya dicho que tanto candidaturas comunes como coaliciones electorales buscan la suma de fuerzas para impulsar un mismo proyecto. Pero ¿qué pasa una vez que concluye la jornada electoral? Cada una de ellas toma un camino distinto. Mientras que en la candidatura común se realiza un cómputo de votos específico para esta y otro para cada uno de los partidos participantes, en la coalición éste se realiza de forma única, y la asignación de porcentajes de votación a cada uno de los partidos se sujeta a lo que, previamente, cada uno de ellos determinó en un convenio suscrito por sus representantes.

Ejemplo 1: Los partidos políticos A, B, C y D deciden, en la elección de gobernador, unirse bajo la figura de candidatura común en torno al candidato X. Cada uno de ellos conservará las obligaciones, derechos y prerrogativas que les señala el Código Electoral, por lo que los cuatro partidos recibirán el financiamiento público respectivo y podrán contar con representantes ante la autoridad electoral. El día de la jornada electoral, las boletas contendrán las siguientes opciones: Partido A, Candidato X; Partido B, Candidato X; Partido C, Candidato X, y Partido D, Candidato X. Esto es, cada partido aparecerá en la boleta electoral y el nombre del candidato en cuestión aparecerá tantas veces como partidos se hayan sumado a la candidatura común. Al momento de hacer el cómputo, cada partido recibirá tantos votos como personas hayan marcado una opción en particular, lo que significará un mayor o menor financiamiento público en el futuro.

Ejemplo 2: Los partidos políticos A, B, C y D deciden, en la elección de gobernador, unirse bajo la figura de coalición electoral en torno al candidato X. para realizarla, firman un convenio en el que acuerdan, entre otros aspectos, un mismo emblema, el monto del financiamiento público que cada partido aportará a la coalición, el nombre de su representante único ante la autoridad electoral, el porcentaje de votación que se asignará a cada uno de los partidos y la prelación para la conservación del registro en caso de no alcanzar el porcentaje mínimo. El día de la jornada electoral, las boletas aparecerán con el nombre y emblema de la Coalición ABCD y el del candidato X. Esto es, el elector sólo tendrá una opción para votar por el candidato X, y no cuatro como en el ejemplo 1. Una vez realizado el cómputo, éste se hará atendiendo a lo establecido por el convenio respectivo, y el financiamiento público futuro se hará conforme a dicha asignación de porcentajes de votación.

De manera general, estas son las principales diferencias entre las candidaturas comunes y las coaliciones electorales. Ahora bien, en cuanto a la pregunta relativa a la supuesta limitación que con esta reforma tendrían los partidos políticos para sumar esfuerzos en torno a un mismo candidato, la respuesta es que mientras las coaliciones electorales persistan en el Código Electoral del Estado de México, los partidos podrán aliarse en torno a un mismo candidato y plataforma electoral. Si bien las formas y requisitos para una coalición electoral son distintos a los de una candidatura común, no menos cierto es que los partidos conservan el derecho a buscar coincidencias entre ellos y sus proyectos políticos y ofrecerlos de manera conjunta al electorado.

Finalmente, y en oposición a lo que en reiteradas ocasiones han señalado actores de distintos partidos que se sienten agraviados con la reforma, así como académicos que propugnan por contar con el mayor número de figuras posibles que alienten la participación ciudadana en la vida política, el supuesto atentado a la democracia no es sino una visión parcial de la realidad. La eliminación de las candidaturas comunes no implica la restricción de los partidos a aliarse, lo que sí podría ser considerado como una afrenta a la democracia y a la pluralidad.

Adicionalmente, y en nombre de la democracia, conviene recordar que los procesos electorales están basados en la legalidad y la pluralidad, pero también en la equidad de las contiendas. Este factor, el de equidad, se convierte en piedra angular de la reciente reforma. ¿No es verdad que las candidaturas comunes representaban una ventaja de los partidos involucrados sobre aquellos que participaban en solitario o unidos en una coalición? ¿No es cierto que el contar con más representantes o con varias opciones en la boleta electoral significaba una falta de equidad respecto de otros partidos? ¿No eran las candidaturas comunes un aliciente a los partidos fuertes en detrimento de los pequeños? Sí. Las candidaturas comunes, contrario a lo que se ha argumentado, no ayudaban al desarrollo de la democracia. Si bien es cierto que su derogación del Código Electoral del Estado de México no implica per se la bonanza de la democracia, este hecho servirá para fortalecer uno de los principios básicos de la democracia: la equidad.

Las alianzas electorales, en forma de coalición, son un mecanismo que ha demostrado ser útil en la vida política del país. Por ello, mediante las reformas realizadas, es previsible un fortalecimiento en la vida democrática del Estado de México. La pelota está en la cancha de los ciudadanos, quienes con su voto, pero sobre todo con su participación, demostrarán que más allá de fórmulas legales, lo que esperan de sus gobernantes es congruencia y resultados. La democracia, esa dama en cuyo nombre se hacen y deshacen tantas cosas, no será rehén de engañifas y falacias.

Publicado en Revista Hechos y Derechos, 1 de octubre de 2010. Disponible en web: http://www.juridicas.unam.mx/publica/rev/hd/art_011.htm